sábado, 6 de mayo de 2017

Sobre las IV Jornadas de Nueva Evangelización



Después de haber vivido un fin de semana de altos vuelos en las Jornadas de Nueva Evangelización, son tantas las ideas que nos vienen a la cabeza y al corazón, que no tenemos palabras suficientes para expresarlas.

En general, podemos definirlas como unas jornadas inolvidables, enriquecedoras, interesantes, increíbles; de un aprendizaje intenso, práctico y solidario. Llenas de entusiasmo e ilusión. Y es que, cuando hablamos de la misión, nos sentimos implicados. Sentimos que el Señor se ha fijado en nosotros para estar inquietos porque esto nos compromete enormemente a estar en movimiento y, por ello, a formarnos y capacitarnos. 

En este evento de alto nivel se nos invita,como  bautizados, a implicarnos. Hemos sido llamados como cristianos misioneros, en la medida en la que nos hemos encontrado con el amor de Dios. Según nuestra relación con Él y la profundidad de la misma, iremos más allá. Ser cristiano misionero no es como una jornada a tiempo parcial. Es una llamada a la misión y a vivirla intensamente, para transmitirla a los demás en todo momento. 

No nos olvidemos que estamos en estado permanente de misión. Debemos de tener una actitud abierta y de escucha para que, cuando Él nos hable, sepamos sentirlo, mirarlo, para poder decirle: “Señor, estoy aquí”. Él nos conoce bien y sabe cuáles son nuestras limitaciones, nuestros temores, nuestros miedos. Pero el Señor, con su infinita misericordia siempre estará con nosotros. Él es nuestro mayor regalo. 

Por esto, las IV Jornadas de Nueva Evangelización han sido un auténtico revulsivo interior para nuestras vida de fe y compromiso, a pesar del cansancio acumulado. Mereció muchísimo la pena disfrutar de todos los actos organizadas con amor, esmero, entrega, aplomo e ilusión. Y es que la fe no se improvisa. Se nota el enorme esfuerzo y trabajo que hay detrás, y mucho, la preparación previa al detalle. Esto se ve reflejado en el magnífico mensaje que nos han transmitido y en la gran huella que han dejado en cada uno de nosotros.


Para ir terminando, nos comprometemos a “saltar de la pecera” para testimoniar nuestra fe como respuesta a la llamada. Vamos a seguir en la acción misionera  en la que nos hemos puesto en marcha en la parroquia desde principio de curso, a sentir al Espíritu que sopla, que nos lleva en la misma dirección.  A evitar los “siempre se han hecho así”, que han hecho tanto daño a nuestra Iglesia. Todos tenemos que ponernos en camino con una actitud de cambio, unidos por y en Jesús. Por ello, tenemos que seguir trabajando conjuntamente y soñar todos juntos con una opción misionera capaz de transformarlo todo.

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