martes, 25 de noviembre de 2014

ESPERANZA Y ALIENTO DEL PAPA A EUROPA, SU FUTURO DEPENDE DE ENCUENTRO ENTRE CIELO Y TIERRA


El Papa Francisco quiso enviar a todos los ciudadanos europeos un mensaje de esperanza y de aliento, por el bien de toda la humanidad y fue recibido con grandes aplausos en sesión solemne del Parlamento Europeo.
«Al dirigirme hoy a ustedes desde mi vocación de Pastor, deseo enviar a todos los ciudadanos europeos un mensaje de esperanza y de aliento. Un mensaje de esperanza basado en la confianza de que las dificultades puedan convertirse en fuertes promotoras de unidad, para vencer todos los miedos que Europa – junto a todo el mundo – está atravesando. Esperanza en el Señor, que transforma el mal en bien y la muerte en vida».
Con su gratitud por la invitación a tomar la palabra, dirigiéndose a los más de quinientos millones de ciudadanos, de los 28 Estados miembros, el Papa Bergoglio pronunció un denso discurso reflexionando sobre los diversos desafíos que afronta el continente europeo en este momento histórico. Para construir una Europa que «no gire entorno a la economía», sino a la «sacralidad de la persona humana», de los «valores inalienables»; que abrace «con valentía su pasado», con su «patrimonio cristiano», y mire con «confianza al futuro», viviendo el «presente con esperanza»; que abandone la idea de una Europa atemorizada y replegada en sí misma. Para impulsar una Europa transmisora de ciencia, arte, música, valores humanos y no olvide la fe: «La Europa que contempla el cielo y persigue ideales», que «mira, defiende y tutela al hombre», que «camina sobre la tierra segura y firme, precioso punto de referencia para toda la humanidad».

Tras evocar a San Juan Pablo II, que visitó el Parlamento en 1988, el Papa Bergoglio hizo hincapié en la centralidad de la persona humana, derechos humanos, la tutela de la dignidad de la vida humana en todas sus etapas, derechos y deberes, dignidad trascendente del hombre.
Ante una Europa que parece cansada y anciana, ya no fértil, recordó los grandes ideales y los peligros de los tecnicismos burocráticos de sus instituciones, de los estilos de vida egoístas, de una opulencia insostenible, indiferente respecto al mundo circunstante, y sobre todo a los más pobres:
«El ser humano corre el riesgo de ser reducido a un mero engranaje de un mecanismo que lo trata como un simple bien de consumo para ser utilizado, de modo que – lamentablemente lo percibimos a menudo –, cuando la vida ya no sirve a dicho mecanismo se la descarta sin tantos reparos, como en el caso de los enfermos terminales, de los ancianos abandonados y sin atenciones, o de los niños asesinados antes de nacer».
«Cuando prevalece la absolutización de la técnica», que termina por causar «una confusión entre los fines y los medios».
¿Cómo devolver la esperanza al futuro, de manera que, partiendo de las jóvenes generaciones, se encuentre la confianza para perseguir el gran ideal de una Europa unida y en paz, creativa y emprendedora, respetuosa de los derechos y consciente de los propios deberes? Para responder a esta pregunta, el Papa Francisco recordó uno célebre fresco de Rafael, que se encuentra en el Vaticano.... imagen que describe bien a Europa en su historia hecha de un permanente encuentro entre el cielo y la tierra, donde el cielo indica la apertura a lo trascendente, a Dios, que ha caracterizado desde siempre al hombre europeo, y la tierra representa su capacidad práctica y concreta de afrontar las situaciones y los problemas.
«El futuro de Europa depende del redescubrimiento del nexo vital e inseparable entre estos dos elementos. Una Europa que no es capaz de abrirse a la dimensión trascendente de la vida es una Europa que corre el riesgo de perder lentamente la propia alma y también aquel «espíritu humanista» que, sin embargo, ama y defiende».
Reiterando la disponibilidad de la Santa Sede y de la Iglesia católica, a través de la Comisión de las Conferencias Episcopales Europeas – Comece – el Obispo de Roma se refirió al olvido de Dios, que engendra la violencia:
«No podemos olvidar aquí las numerosas injusticias y persecuciones que sufren cotidianamente las minorías religiosas y particularmente cristianas, en diversas partes del mundo. Comunidades y personas que son objeto de crueles violencias: expulsadas de sus propias casas y patrias; vendidas como esclavas; asesinadas, decapitadas, crucificadas y quemadas vivas, bajo el vergonzoso y cómplice silencio de tantos».
«Unidad en la diversidad», con el lema de la Unión Europea, el Papa señaló que considera que Europa es una familia de pueblos, alentando a «valorar todas las tradiciones»; «tomando conciencia de su historia y de sus raíces». También la importancia de los principios de solidaridad y subsidiariedad. Y de mantener viva la democracia en Europa, evitando «maneras globalizantes» de diluir la realidad: «los purismos angélicos, los totalitarismos de lo relativo, los fundamentalismos ahistóricos, los eticismos sin bondad, los intelectualismos sin sabiduría».
También destacó el Santo Padre la importancia de la familia, célula fundamental y elemento precioso de toda sociedad y de las instituciones educativas: las escuelas y universidades.
Para luego reiterar asimismo la necesidad de impulsar la ecología, la custodia de la creación, de la naturaleza, de la que debemos ser «custodios» y «no dueños». Recordando el sector agrícola «llamado a dar sustento y alimento al hombre. No se puede tolerar que millones de personas en el mundo mueran de hambre, mientras toneladas de restos de alimentos se desechan cada día de nuestras mesas. Además, el respeto por la naturaleza nos recuerda que el hombre mismo es parte fundamental de ella. Junto a una ecología ambiental, se necesita una ecología humana, hecha del respeto de la persona, que hoy he querido recordar dirigiéndome a ustedes».
«Es igualmente necesario afrontar juntos la cuestión migratoria», enfatizó el Papa Francisco: «No se puede tolerar que el mar Mediterráneo se convierta en un gran cementerio. En las barcazas que llegan cotidianamente a las costas europeas hay hombres y mujeres que necesitan acogida y ayuda. La ausencia de un apoyo recíproco dentro de la Unión Europea corre el riesgo de incentivar soluciones particularistas del problema, que no tienen en cuenta la dignidad humana de los inmigrantes, favoreciendo el trabajo esclavo y continuas tensiones sociales».

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